25 junio 2026

El congreso de Valdelagua


 Tercera entrega de las aventuras de Yago y Perla.

 
I. El correo electrónico

    Llegó un miércoles, que es el martes de los que ya no se fían de los martes. El asunto decía: «Participación confirmada — I Congreso Internacional de Literatura Rural y Territorio. Valdelagua de los Prados (Cantabria)».

Lo leí dos veces. Luego lo leí una tercera vez porque la segunda tampoco me había aclarado nada. No recordaba haber confirmado nada. No recordaba haber sido invitado. No recordaba haber oído nunca hablar de Valdelagua de los Prados, que es un nombre que suena a pueblo inventado por alguien que estaba inventando pueblos a cierta velocidad.

Busqué en Google. Nada. Naturalmente.

    
    El correo estaba firmado por un tal Comité Organizador, sin apellidos, sin teléfono de contacto, con una dirección de email que terminaba en @valdelagualetras.org, dominio que tampoco arrojó resultado alguno. Adjunto venía el programa del congreso. Era de cuatro páginas, encabezado con un logo que representaba una pluma cruzada con lo que parecía un puerro, y un lema que decía: «Donde la palabra nace de la tierra». Mi nombre aparecía en la página dos, en la sesión de tarde del sábado, como ponente de la conferencia inaugural. El título que me habían asignado era: «La memoria del paisaje como sustrato narrativo». No he pronunciado esas palabras juntas en mi vida. Perla entró en el despacho, me miró, miró la pantalla, y se tumbó en su sitio con la expresión de quien ya sabe cómo termina esto. Me puse el abrigo el sábado.  

II. Las indicaciones
    Esta vez no venían en papel manila con lacre. Venían en el propio correo, al pie del programa, bajo el epígrafe «Cómo llegar», que es siempre la sección más optimista de cualquier documento sobre lugares que no existen en ningún mapa.

Las instrucciones eran las siguientes:


«Desde Reinosa, tome la carretera comarcal hacia el norte. En el kilómetro diecisiete encontrará una bifurcación. Tome el ramal izquierdo. Si ve una gasolinera cerrada con un árbol dentro, va bien. Continúe hasta el puente de madera. Crúcelo despacio. Al otro lado, el pueblo.»


    La gasolinera estaba donde decían. El árbol también, un chopo de tamaño considerable que había crecido en una grieta del suelo con la calma de quien tiene tiempo. No se veía ningún letrero de marca, pero los surtidores seguían allí, oxidados, con un cartel manuscrito que decía «CERRADO» y debajo, en letra más pequeña y con otro autor: «definitivamente».
    El puente de madera crujió bajo las ruedas con un entusiasmo que no invitaba a la confianza. Perla se levantó del asiento trasero y apoyó la cabeza en mi hombro. Es su manera de decir que le parece bien seguir adelante, o quizá de asegurarse un buen ángulo de visión en caso de catástrofe. Luego le permití continuar viaje como copiloto.
    Al otro lado, el pueblo.

 
III. El congreso

    Valdelagua de los Prados tenía doscientas almas, una taberna, una iglesia y un frontón que hacía las veces de salón de actos cuando el tiempo lo permitía y de garaje cuando no. El congreso se celebraba en el frontón.
    Había sillas de plástico, una mesa con mantel de tela a cuadros y un cartel pegado a la pared con cinta de embalar que decía: «I CONGRESO INTERNACIONAL». La internacionalidad, supe después, se debía a que uno de los ponentes había nacido en Andorra, aunque llevaba cuarenta años viviendo en Torrelavega.
Los otros ponentes eran tres.

Remedios, que había escrito una trilogía sobre la vida de las vacas en los Picos de Europa desde el punto de vista de las vacas. «La perspectiva animal es el gran vacío de nuestra literatura rural», explicó con convicción. No la contradije.

Don Primitivo, nonagenario, que leyó durante veinte minutos un manuscrito en letra tan pequeña que yo no veía qué leía ni él tampoco, a juzgar por su expresión. El público aplaudió con el respeto que merece la longevidad.

Y Txema, el de Andorra, que habló de geopolítica pirenaica con tal entusiasmo que nadie se atrevió a preguntarle qué tenía que ver con la literatura rural.

Yo tenía que hablar de la memoria del paisaje como sustrato narrativo.
Hablé veinte minutos. Improvisé. Mencioné a Delibes, que siempre es una buena decisión en estos contextos, y conecté el paisaje con la identidad y la identidad con el lenguaje y el lenguaje con algo que dije que era «la geografía interior del texto», frase que no significa gran cosa pero que sonó muy bien. El público asintió con la seriedad de quien comprende perfectamente lo que no comprende.
Fue, objetivamente, mi mejor conferencia. Esto no dice mucho de mis conferencias.

 

IV. La organización

    Durante el descanso del café —buen café, mesa con pastas, organización impecable para un evento en un frontón— busqué a alguien del comité organizador.
Lo encontré. Se llamaba Gerardo, era el alcalde, el cartero y, según me enteré después, también el secretario del juzgado de paz los primeros lunes de mes.

Le pregunté cómo habían llegado a mí.
Gerardo se sirvió una pasta, la miró con satisfacción y dijo:
—Tenemos un sistema de selección muy riguroso.
—¿Qué sistema?
—Confidencial.

Reconocí el tono. Era el de Eduardo con el jamón. Era el de don Aurelio con la mención parroquial. Había en esa palabra —confidencial— una entonación específica: la de quien protege un secreto no porque sea peligroso, sino porque sin él el mundo sería más aburrido.
—¿Han leído algo mío? —pregunté, por preguntar.
—Tenemos referencias de primera mano.
—¿De quién?
Gerardo sonrió. Una sonrisa ancha, afable, completamente impenetrable. La misma sonrisa que llevaba siguiéndome desde Villanavales del Pas. Empezaba a pensar que era menos una expresión facial que un sistema de comunicación.
 

V. El premio

    Había un premio. Naturalmente. En el congreso de Valdelagua no se entregaba jamón. La tradición local, explicó Gerardo, era distinta: se entregaba un bote de miel de la comarca, «elaborada por las abejas del propio término municipal», lo cual le otorgaba, en su opinión, una dimensión literaria y territorial que el jamón no podía igualar.

Le di la razón por cortesía, aunque el jamón de El Dorado y el de Fontecabrera seguían siendo argumentos difíciles de rebatir.
El premio —«Reconocimiento a la Voz Narrativa del Territorio», según el acta que me entregaron mecanografiada en papel con membrete— me lo entregó don Primitivo, que aprovechó el momento para leer otro fragmento del manuscrito. El público volvió a aplaudir. La longevidad sigue siendo un argumento sólido.

    Perla olió el bote de miel con interés profesional. Yo lo guardé en la mochila junto al acta.
 

VI. La conversación en el frontón

    Antes de irme hablé con Remedios, que resultó ser una interlocutora de una precisión considerable cuando dejaba a un lado las vacas literarias.

Le conté, sin entrar en detalles, que aquella era mi tercera visita a un pueblo cántabro que no existía en Google, mi tercer premio que no recordaba haber solicitado y mi tercera conversación con alguien que sabía más de lo que contaba.

Remedios me escuchó. Masticó una pasta. Luego dijo:

—¿Ha considerado que quizá alguien le está construyendo una obra?
—¿Cómo dice?
—Una obra. Un conjunto. —Hizo un gesto con la mano que abarcaba el frontón, el pueblo, quizá Cantabria entera—. Los jamones, los premios, los pueblos. Alguien está escribiendo algo con su vida. Usted va siendo el personaje.

Me quedé mirándola.

—¿Y quién sería el autor? —pregunté.
Sonrió. También era esa sonrisa. Me pregunté si se enseñaba en las escuelas.
 

VII. De vuelta al escritorio

    En el camino de regreso, con el bote de miel en la mochila y el acta doblada en el bolsillo junto a la mención parroquial del boletín de Fontecabrera, hice recuento.

Tres pueblos sin coordenadas. Tres premios sin candidatura. Tres sonrisas idénticas en tres caras distintas. Y una pregunta que Remedios había formulado con tal precisión que no conseguía quitármela de encima: ¿quién escribe esto?

La hipótesis de los chicles de Eduardo, que me habían parecido la explicación más racional en su momento, no alcanzaba a cubrir todo el territorio. Los chicles explicaban Villanavales. No explicaban Fontecabrera. No explicaban Valdelagua. No explicaban la acumulación.
Había un patrón. Un patrón requiere un diseñador. El diseñador conocía mi nombre, mi dirección, mi debilidad por las convocatorias absurdas y, al parecer, mi facilidad para improvisar conferencias sobre la memoria del paisaje.
Era alguien que me conocía bien.
Era alguien con paciencia, con recursos y con acceso a alcaldes de municipios sin entrada en Wikipedia.
Era alguien que pensaba en series.
Perla se durmió antes de llegar a Reinosa. Yo conduje el resto del camino en silencio, pensando en Remedios y en su pregunta, en Eduardo y en su sonrisa, en don Aurelio y en los jamones y en la miel y en el boletín parroquial, y en que quizás la respuesta llevaba tiempo delante de mí y yo, con mi costumbre de mirar al techo cuando debería estar mirando al suelo, simplemente no la había visto.

    En casa, puse el bote de miel junto a los dos jamones. Encendí el ordenador. Busqué «Valdelagua de los Prados Cantabria».

Nada.

Cerré el ordenador. Abrí el bote de miel. Era extraordinaria.
Algunas preguntas, pensé, pueden esperar. La miel, no.
 

Continuará...




© Alfonso Cortés Vigo. Todos los derechos reservados.

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