Cuarta y última entrega de la saga de las aventuras de Yago y Perla.
I. La tarjeta de crédito
Pasaron los meses y no llegó nada. Ni sobre de papel manila, ni correo con dominio inventado, ni llamada anunciando charcutería alguna. Solo el silencio de un escritorio donde yo seguía haciendo lo que mejor se me da, que es mirar el techo con aire de estar trabajando.
Perla lo notaba. Se pasaba las tardes tumbada junto a la puerta, con las orejas atentas al menor ruido de cartero, como quien espera una visita que tarda. Yo empezaba a sospechar que los tres pueblos habían sido, después de todo, solo eso: tres pueblos, dos jamones, un bote de miel y una temporada rara de mi vida que ya no volvería.
Y entonces, un domingo sin nada mejor que hacer, recordé la frase con la que había cerrado aquel primer relato. La había escrito medio en broma: si en algún momento tengo dudas, solo tengo que revisar los movimientos de mi tarjeta de crédito. Llevaba tres años sin hacerlo. Me pareció buena tarde para empezar.
Bajé el extracto de los últimos meses. Gasolina, supermercado, un par de restaurantes cuyo nombre no recordaba, y, entre junio del año pasado y el mes anterior, tres cargos idénticos de veinte euros cada uno, con el mismo concepto exacto: ASOC. CULT. LA LETRA VIVA — CUOTA. Nunca me había dado de alta en ninguna asociación cultural. Que yo supiera.
Perla levantó la cabeza cuando me oyó murmurar algo por lo bajo. No sé si entendió la palabra, pero entendió el tono.
II. Una asociación con NIF
Busqué «Asociación Cultural La Letra Viva» en Google.
Y, por primera vez en toda esta historia, Google supo de qué le estaba hablando.
Había una página, sobria, hecha probablemente con una plantilla gratuita hace una década y nunca actualizada. Hablaba de un proyecto de «recuperación cultural y repoblación narrativa en entidades locales menores de Cantabria». Había una lista de actividades: concursos literarios, ferias del libro, «estancias creativas» en pueblos pequeños. Había, incluso, una pestaña de «colaboradores», con el logo de una charcutería que no necesito describir porque ya la conocen ustedes.
Y había una presidenta. Un nombre, sin foto: Asunción Trueba.
El nombre me sonó de una manera muy concreta y muy antigua, como suenan las cosas que uno conoció antes de tener edad para catalogarlas bien. Tardé un minuto largo en ubicarlo. Cuando lo hice, pensé en sentarme, pero ya estaba sentado.
Doña Asunción. Mi profesora de Lengua y Literatura en el instituto. La que me hizo leer mi primer cuento en voz alta delante de veintiocho adolescentes que no querían estar allí, y la que, al terminar, dijo delante de todos que algún día publicaría un libro. Llevaba veinte años sin pensar en ella con esa nitidez.
La dirección de contacto de la asociación era un apartado de correos en un pueblo llamado Villanavales del Pas. Me resultaba familiar el nombre.
III. El pueblo que sí aparece
Esta vez lo tecleé en el buscador con el pulso un poco alterado, esperando el mismo vacío de siempre.
Apareció.
Un punto pequeño en el mapa, a las afueras de Vega de Pas, catalogado como «entidad local menor», con dieciocho habitantes censados y una entrada de Wikipedia de cuatro líneas que nadie había tocado desde 2011. Entendí entonces, con ese tipo de comprensión tardía que llega siempre después de haber hecho el ridículo durante meses, por qué nunca lo había encontrado antes: buscaba «Villanavales del Pas» sin más, y el mapa lo guardaba bajo el nombre del municipio grande al que pertenece administrativamente, un pliegue burocrático diseñado, sospecho, por algún funcionario con sentido del humor. Villanavales existía. Siempre había existido. Solo que existía escondido dentro de otro nombre, como casi todo lo importante.
No hizo falta indicación alguna esta vez. Me sabía el camino de memoria: el roble grande, no el mediano; la carretera que deja de ser carretera. Perla se subió al coche sin que yo tuviera que llamarla dos veces.
IV. El banco junto al río
Llegué a media tarde. El pueblo estaba exactamente como lo recordaba, aunque esta vez lo miraba con otros ojos, los de quien ya sabe que el decorado es decorado y aun así lo encuentra hermoso.
La encontré donde tenía que encontrarla: en el banco junto al río, con la misma serenidad de quien no tiene prisa por nada, como si no se hubiera movido de allí en los tres años que habían pasado desde nuestro primer encuentro.
—Hola, Yago —dijo, sin sorpresa, sin levantarse—. Sabía que tardarías, pero también sabía que llegarías.
—¡¿Doña Asunción?!
—Ya no soy «doña» para nadie desde que me jubilé, pero te lo permito por los viejos tiempos.
Me senté a su lado. Le ofrecí, por pura inercia, un chicle de un paquete que llevaba en el bolsillo desde no sé cuándo. Esta vez lo aceptó.
V. Lo que llevaba tres años ocurriendo
—Hace tres años —empezó, sin que yo tuviera que preguntar nada, porque una buena profesora sabe cuándo el alumno ya ha hecho la pregunta aunque no la haya dicho en voz alta— me llamó tu madre. Le preocupabas. Dos años sin publicar nada. Un escritor que se pasa las tardes mirando el techo no está descansando, Yago, está atascado. Y yo llevaba entonces cinco años metida en esto —señaló con la barbilla el pueblo entero, las casas, el río— y pensé que quizá una cosa podía ayudar a la otra.
—¿Qué cosa?
—Cantabria se está vaciando por los pueblos pequeños, como todo este país. Villanavales tenía dieciocho habitantes cuando empezamos y once cuando yo llegué. Fontecabrera y Valdelagua estaban peor. La asociación lleva años intentando que la gente vuelva a mirar hacia estos sitios, y hemos probado de todo: subvenciones, ferias, jornadas de puertas abiertas a las que no viene nadie porque a nadie le interesa un pueblo hasta que alguien le cuenta una historia sobre él.
—¿Y decidisteis que la historia fuera yo?
—Decidimos que la historia la escribieras tú. —Sonrió. Era la sonrisa. La de Eduardo, la de don Aurelio, la de Gerardo—. Todos los que has conocido en estos pueblos fueron alumnos míos hace treinta años. Les enseñé la misma frase que te enseñé a ti: el misterio no se explica, se sonríe. Por eso la sonrisa es igual en todos. Es la mía, prestada.
Perla, tumbada a nuestros pies, suspiró con un aire que en otro contexto yo habría llamado sabiduría, y que ahora entendía perfectamente que era, simplemente, sueño.
VI. Los cabos sueltos
Le pregunté por los chicles, porque algunas obsesiones no se abandonan fácilmente.
—Eso fue idea de Eduardo, no mía —dijo, riéndose de verdad por primera vez—. Te invitó a un orujo de hierbas de la casa disfrazado de refresco casero mientras hablabais en la taberna. El hombre hace un orujo estupendo y letal a partes iguales. Los chicles no tenían nada que ver, aunque he de reconocer que la teoría que construiste en tu cabeza era más elegante que la verdad.
—¿Y los pueblos sin cobertura en Google? ¿También parte del plan?
—Eso fue un regalo de la administración, no nuestro. Las entidades locales menores casi nunca aparecen bien indexadas. Nosotros solo aprovechamos el misterio que ya existía. A veces la realidad hace la mitad del trabajo de un buen relato, y uno solo tiene que saber dónde mirar.
—¿Y por qué a mí?
Se quedó un momento callada, mirando el río.
—Porque fuiste el único alumno de aquella clase que, cuando le dije que publicaría un libro, no se rió. Se lo creyó. Y un escritor que se lo cree tiene la obligación de no dejarlo de creer nunca, aunque tarde tres años en volver a sentarse a escribir.
No supe qué decir. Perla, providencialmente, eligió ese momento para apoyar la cabeza en mi rodilla, lo cual me dio algo que hacer con las manos mientras se me pasaba el nudo en la garganta.
VII. De vuelta al escritorio, esta vez de verdad
Antes de irme, Asunción me contó lo último: la asociación quiere publicar los cuatro relatos —este incluido, el que ustedes están leyendo ahora mismo— en un pequeño libro, y los beneficios destinarlos a mantener la biblioteca de Isabel, el café de Alejandro y el coro, más bien caótico, de Fray Alfonso. Le dije que sí antes de que terminara la frase.
En el camino de regreso no llevaba jamón, ni miel, ni mención en ningún boletín parroquial. Llevaba algo más difícil de meter en el maletero: la certeza tranquila de que llevaba tres años sin escribir y acababa de escribir cuatro relatos sin darme cuenta de que lo estaba haciendo, porque alguien confió en mí un día y había tenido la paciencia de construirme, pueblo a pueblo, un camino de vuelta hasta el escritorio.
Perla se durmió antes de tomar la tercera curva. Yo conduje en silencio, pensando que las mejores historias no son las que uno inventa, sino las que alguien más se toma la molestia de organizarle a uno para que las viva primero y las escriba después.
Al llegar a casa puse el paquete de chicles —el de verdad, esta vez— junto al acta enmarcada del Reconocimiento a la Voz Narrativa del Territorio. Encendí el ordenador. No busqué ningún pueblo en Google.
Abrí un documento en blanco y escribí la primera frase.
Fin.
© Alfonso Cortés Vigo. Todos los derechos reservados


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