20 mayo 2026

Acerca del ensayo de Gregorio Luri "Sobre el arte de leer"


Foto: Actualidad Docente
  
Gregorio Luri Medrano, filósofo y pedagogo español, nos ofrece en Sobre el arte de leer una reflexión profunda sobre qué significa realmente leer en una época dominada por la dispersión y la inmediatez. Lejos de ser un manual técnico, el libro es una invitación a recuperar la lectura como práctica formativa y como ejercicio de libertad intelectual.

    Luri parte de una premisa incómoda: leer de verdad es difícil. No basta con descifrar palabras; leer exige concentración sostenida, paciencia y disposición a dejarse interpelar por el texto. En un contexto donde la atención se fragmenta entre notificaciones y estímulos constantes, el autor defiende la lectura lenta y profunda como una forma de resistencia cultural.

    Porque para Luri, la atención no es solo un requisito previo a la lectura, sino algo que la propia lectura cultiva. Quien lee con regularidad y exigencia entrena su capacidad de sostener el pensamiento, de seguir un argumento complejo, de habitar temporalmente una perspectiva ajena. Defiende, además, que hablar bien es condición previa para leer bien y critica ciertas tendencias pedagógicas que han minusvalorado la memoria, la fluidez lectora o el dominio del lenguaje.

Gregorio Luri construye en Sobre el arte de leer un ensayo breve, denso y muy meditado sobre la lectura, la educación y la formación intelectual. El libro procede de una conferencia pronunciada en el Forum Edita y posteriormente ampliada, pero conserva el tono oral y directo de quien lleva décadas pensando sobre escuelas, libros y hábitos culturales.

La tesis central de Luri es sencilla y, al mismo tiempo, exigente: leer bien no es únicamente descifrar palabras, sino aprender a entrar en conversación con los grandes textos de la tradición. Para él, la lectura profunda constituye una disciplina intelectual y moral. De ahí una de las ideas que atraviesan todo el libro: “vivimos como leemos”.

Además, Luri reivindica la concentración y la autoridad cultural de los clásicos sin caer del todo en la nostalgia. No plantea una guerra simplista entre papel y pantallas, pero sí advierte de que determinadas formas de lectura superficial pueden empobrecer la capacidad de comprensión profunda. 

En este ensayo pedagógico, Luri critica la tendencia a facilitar excesivamente los contenidos educativos. Para él, enfrentarse a textos difíciles no es un obstáculo, sino la vía misma de crecimiento intelectual.

Esta postura lo sitúa en un debate vivo sobre educación y cultura: ¿debemos adaptar los textos a los estudiantes o preparar a los estudiantes para los textos? Luri apuesta claramente por lo segundo, sin por ello ignorar que el acompañamiento docente es esencial.

La obra de Luri resulta especialmente pertinente en un momento en que los índices de comprensión lectora preocupan a educadores de todo el mundo hispanohablante y en que el debate sobre el papel de la tecnología en la educación está lejos de resolverse. No ofrece recetas simples, pero sí una brújula: la convicción de que aprender a leer bien sigue siendo una de las tareas más importantes —y, quizás, más descuidadas— de la educación.

En conjunto, es una obra especialmente recomendable para profesores, padres y lectores interesados en la educación y la cultura escrita. No ofrece técnicas rápidas para “fomentar la lectura”, sino algo más ambicioso: una reflexión seria sobre por qué leer sigue siendo una de las actividades decisivas para formar personas libres y con criterio.





El Premio de Fontecabrera

 

Segunda entrega de las aventuras de Yago y Perla


I. El sobre

  Llegó un martes, que ya es mala señal. Los martes no traen nada bueno: ni correo, ni llamadas, ni ideas. Solo facturas y ese silencio particular de mitad de semana que huele a semana que no acaba.



 El sobre era de papel manila, grueso, con mi nombre escrito a mano con una caligrafía que parecía de otro siglo. Sin remitente. Matasellos de un pueblo llamado Fontecabrera del Nansa, que tampoco apareció en Google —a estas alturas ya no me sorprende— y un lacre rojo en el dorso con la forma de un libro abierto.

Dentro, una carta. Breve, ceremoniosa y completamente desconcertante:

"Estimado don Yago: nos complace comunicarle que ha sido seleccionado finalista del IX Premio Literario Villa de Fontecabrera, dotado con un jamón ibérico de bellota y mención honorífica en el boletín parroquial. La entrega del galardón tendrá lugar el próximo sábado. Su presencia es imprescindible. Adjuntamos indicaciones para llegar."

Las indicaciones eran a mano, en el reverso. Empezaban con "cruce el puente de piedra pequeño, no el grande" y terminaban con "si llega al molino, se ha pasado".

Perla olisqueó el sobre con interés profesional. Yo busqué en Google "Premio Literario Villa de Fontecabrera". Nada. Busqué "Fontecabrera del Nansa". Nada. Busqué "jamón ibérico concurso literario" y me salieron tres recetas y un foro de cazadores.

El sábado me puse el abrigo.

II. El camino

    Las indicaciones del sobre resultaron ser, contra todo pronóstico, correctas. El puente de piedra pequeño, a unos cinco kilómetros de Celis, en cuyas inmediaciones encontramos la cueva de El Soplao, estaba donde decían. El molino también. Incluso la curva "en forma de ese, pero torcida" que mencionaban en el punto cuatro tenía cierta coherencia una vez que uno aceptaba que estaba conduciendo dentro de una instrucción escrita por alguien del siglo XIX.

Fontecabrera del Nansa apareció al doblar un recodo entre castaños, sin avisar, como si el pueblo hubiera estado esperando ahí toda la mañana con los brazos cruzados. Casas de piedra, una iglesia con el reloj parado a las tres, una plaza con una fuente que no manaba agua pero lo intentaba, y un cartel de madera en la entrada que decía: «Bienvenido al pueblo más literario de Cantabria».

Debajo, en letra más pequeña y con distinto autor: «según nosotros».

    Perla bajó del coche y olió el aire con esa expresión suya de quien confirma una sospecha.

III. Los finalistas

    El acto de entrega del premio tenía lugar en el salón del ayuntamiento, que era también la biblioteca, el archivo municipal y, según supe después, el lugar donde don Aurelio —el alcalde— echaba la siesta los jueves. Una sala de techos bajos, sillas de plástico apilables y un retrato al óleo de alguien que nadie supo identificarme con certeza.

    Había otros dos finalistas.

Valentina, jubilada de correos, que llevaba veinte años escribiendo una novela sobre la vida de su tía segunda y que ese año había presentado el capítulo diecisiete. "Es una obra en progreso", explicó con dignidad. "El arte no tiene prisa."

Y Heliodoro, ganadero, que había presentado un poema de cuatro versos sobre una vaca llamada Trini. El poema se titulaba, sin rodeos, «Trini». Me lo recitó entero antes de que yo pudiera evitarlo. Era mejor de lo que esperaba, lo cual me preocupó.

Ninguno de los dos sabía tampoco cómo habían llegado a ser finalistas. Valentina recordaba vagamente haber rellenado algo en una feria del libro de hace tres años. Heliodoro no recordaba nada, pero tampoco parecía importarle.

Yo no recordaba absolutamente nada. Como de costumbre.

IV. El jurado

    El jurado estaba compuesto por tres personas: la bibliotecaria —que era también la secretaria del ayuntamiento y la encargada de la farmacia los miércoles—, el cura, que había leído muy poco pero tenía criterio firme, y una mujer llamada Dolores que nadie terminó de explicarme en calidad de qué estaba allí pero que tomaba notas con gran seriedad.

    La deliberación duró cuarenta minutos. Perla y yo esperamos en la plaza, donde un hombre mayor jugaba al ajedrez solo, moviendo piezas de ambos lados con la concentración de quien arbitra un conflicto interno muy antiguo.

Le pregunté si el concurso era cosa habitual.

"Desde el noventa y cuatro", dijo, sin levantar los ojos del tablero. "Aunque los tres primeros años no se presentó nadie."

"¿Y el premio siempre es un jamón?"

"El jamón lo pone don Evaristo, el del ultramarinos. Es su manera de participar en la cultura." Movió un alfil. "Él dice que la literatura alimenta el alma. El jamón alimenta lo demás."

No pude rebatirlo.

V. La entrega

    Gané yo.

    El jurado comunicó su decisión con una sobriedad que contrastaba con el tamaño del premio. La bibliotecaria leyó un acta. El cura aplaudió primero. Dolores siguió tomando notas.

El jamón era espléndido. Más que el de El Dorado, aunque esto no lo dije en voz alta por respeto a Eduardo y a sus chicles, que seguían siendo un asunto sin resolver en algún rincón de mi memoria.

Valentina me felicitó con elegancia. Heliodoro me dio la mano y dijo que el año que viene presentaría algo sobre otra vaca, la Rosario, que tenía más matices. Lo dijo con la convicción de quien ya sabe que ganará.

Don Aurelio me entregó también la mención en el boletín parroquial. Era media columna, entre los avisos de misa y una nota sobre el arreglo del tejado de la ermita. Mi nombre estaba bien escrito, lo cual, en el contexto general, se agradecía.

VI. La pregunta de siempre

    Antes de irme busqué a don Aurelio para hacerle la pregunta que llevaba todo el día aplazando: cómo habían llegado a mí, qué obra mía habían leído, quién me había inscrito.

El alcalde frunció el ceño con expresión reflexiva, como si la pregunta fuera legítima pero la respuesta no.

"Bueno", dijo al fin, "nosotros recibimos su nombre de una fuente de confianza."

- "¿Qué fuente?"

- "Confidencial."

- "¿Han leído algo mío?"

Una pausa. "Tenemos referencias muy favorables."

- "¿De quién?"

Sonrió. Era la misma sonrisa de Eduardo. Amplia, cálida, hermética. La sonrisa de quien sabe algo que no va a contar porque contarlo arruinaría la gracia.

Perla tiró de la correa hacia el coche. Cuando Perla tira, conviene hacer caso.

VII. De vuelta al escritorio

    En el camino de regreso, con el segundo jamón en el maletero y la mención parroquial doblada en el bolsillo, intenté atar cabos.

Dos pueblos que no existen en Google. Dos premios a los que no recordaba haberme presentado. Dos sonrisas idénticas de dos hombres distintos que sabían más de lo que decían. Y dos jamones que, a estas alturas, empezaban a conformar lo que cualquier observador objetivo llamaría una pauta.

Alguien me conocía. Alguien sabía dónde vivía, cómo me llamaba y que era incapaz de resistirme a una convocatoria absurda en un pueblo sin mapa. Alguien con acceso a charcuterías y jurados literarios de localidades que Google ignora olímpicamente.

Había una explicación lógica. Estaba seguro de ello.

Todavía no sé cuál es.

    Perla se durmió antes de salir de la provincia. Yo conduje en silencio, con la ventanilla entreabierta y el olor a castaño entrando por la rendija, pensando que el mundo rural esconde más misterios de los que la gente de ciudad imagina. Y que a veces esos misterios vienen acompañados de embutido de primera calidad, lo cual, bien mirado, no está nada mal.


Continuará... 




18 mayo 2026

CONVOCATORIAS ABIERTAS

     Para quienes escriben y quieren dar el paso de presentarse a un certamen, recojo aquí algunas convocatorias de relato y cuento con plazo abierto:


45ª Edición Premios del Tren Antonio Machado — Poesía y cuento. Dotación de 7.000 euros y publicación. Sin restricciones de participación. Plazo: 30 de junio de 2026. 

https://ffe.es/premiosdeltren/


X Premio de Relato Fundación Fomento Hispania — Relato. Dotación de 5.000 euros. Abierto a mayores de edad residentes en España. Plazo: 30 de junio de 2026.

https://fundacionfomentohispania.org/convocatorias/


XXXVI Premio Literario Camilo José Cela — Relato. Dotación de 1.500 euros y estatuilla. Sin restricciones. Plazo: 15 de julio de 2026.

https://www.finalescerrados.com/p/cl-xxxvi-premio-literario-camilo-jose.html


XXVIII Certamen de Relato Corto Tierra de Monegros — Relato corto. Dotación de 2.500 euros, estancia y visita guiada por la comarca. Sin restricciones. Plazo: 28 de junio de 2026. 

https://www.losmonegros.com/informaci%C3%B3n-y-bases


Mucho más en: https://www.escritores.org/concursos/concursos-1/concursos-literarios



04 mayo 2026

El jamón de El Dorado

 Primera entrega de las aventuras de Yago y Perla


1. Una llamada inesperada

    El teléfono sonó en el momento más inoportuno, como siempre. Yo estaba absorto en mi escritorio -fingiendo escribir, en realidad mirando al techo- cuando el estridente timbre me devolvió al mundo de los vivos.

"¡Felicidades, don Yago! Ha sido el ganador del sorteo de la famosa charcutería El Dorado, de Villanavales del Pas. Le espera el mejor jamón de la tienda." La voz al otro lado era de una alegría casi sospechosa.

  Respondí con la cautela propia de quien nunca ha participado en ningún sorteo y, desde luego, nunca ha oído hablar de ningún Villanavales del Pas. Mi escepticismo fue proporcional a mi posterior entusiasmo cuando el muchacho mencionó la palabra jamón por segunda vez.

    Consulté en Google. No había rastro del pueblo. Ni una reseña, ni un mapa, ni una foto borrosa de una carretera secundaria. Nada. Lo cual, lejos de disuadirme, avivó una curiosidad que mi perro -perdón, perra Perla- compartió con entusiasmo meneando la cola en cuanto me vio ponerme el abrigo.

     El muchacho me había dado las instrucciones de memoria, toda oral, sin código postal ni coordenadas: "Al salir de Bárcena, tome la segunda desviación a la derecha después del roble grande. No el roble mediano, el grande. Luego siga recto hasta que la carretera deje de ser carretera." Me lo apunté en un papel porque, evidentemente, Google no sabía nada de aquel sitio. Nadie lo sabía. Y, sin embargo, allí estaba yo, veinte minutos después de dejar el asfalto, siguiendo un camino de tierra con las indicaciones en el salpicadero y la fe del peregrino.

II. Viaje hacia lo desconocido


    El camino fue una sucesión de curvas cerradas entre prados increíblemente verdes. Bonito, sí. Pero tras una hora de serpenteado bucólico yo ya no distinguía el entorno de un cuadro de calendario. Llegué a Villanavales del Pas con el estómago en la nuca.

    El pueblo, sin embargo, valió la pena. Atravesado por un río que murmuraban cierta arrogancia, sus calles empedradas y sus casas de piedra parecían haber salido de un cuento -de esos cuentos en los que pasan cosas raras, que son los mejores.

    La charcutería de El Dorado tenía fachada pintoresca, cartel de madera con letras doradas y ese olor inconfundible a embutido curado que hace que uno se detenga involuntariamente. Entré. Me recibió un hombre mayor con cara de no haber mentido nunca en su vida, lo cual, paradójicamente, me puso en guardia.

III. El misterio se intensifica


    Eduardo -así se llamaba el dueño- me felicitó con la calma de quien entrega premios todos los días, me tendió un jamón de aspecto magnífico y, como propina inesperada, un paquete de chicles artesanos de fresa. Pregunté lo inevitable: cómo había ganado un sorteo en el que no había participado. Eduardo sonrió con esa parsimonia de quien guarda un secreto y lo sabe. "El destino nos juega a veces sus propias cartas", dijo.

    Guardé el jamón en el maletero, tomé un chicle -sabor a infancia, a tardes sin hacer nada- y decidí quedarme a explorar. La respuesta de Eduardo me había dejado con más preguntas que respuestas, pero el sol aún estaba muy alto y el pueblo era pequeño. Daba para algunas horas de curiosidad.

    Fue durante ese intervalo de tiempo cuando empezó lo raro. Sin haber bebido una gota de vino, noté que los recuerdos recientes se difuminaban con  una velocidad inquietante. Dónde había estado cinco minutos antes. Con quién había hablado. Qué había visto. Todo se desvanecía como si alguien tirara de un hilo invisible. A este paso olvidaré hasta mi nombre, pensé. Y luego olvidé que lo había pensado.

IV. Un encuentro inesperado


    Esa tarde, Perla me condujo -porque a estas alturas era ella quien llevaba las riendas- hasta un banco en el parque donde una mujer mayor contemplaba el río con la serenidad de quien ya no tiene prisa por nada.
Me senté a su lado. Saqué el paquete de chicles. Le ofrecí uno. Lo rechazó con un gesto suave pero inequívoco, como si supiera algo que yo ignoraba. Entonces me habló del pueblo: sus leyendas, su historia, su fama discreta de lugar donde a los visitantes les ocurrían cosas inexplicables.
Le conté lo de la llamada, lo del jamón, lo de los recuerdos que huían. Ella escuchó sin inmutarse. "A veces, los lugares guardan secretos que sólo pueden ser desvelados por aquellos con el corazón y la mente abiertos", dijo al fin.

    Me despedí sin saber qué hacer con esa frase. Otra sentencia críptica. Empezaba a pensar que en Villanavales del Pas había algún tipo de concurso silencioso de ambigüedad.

    El resto de la tarde fue más amable. Conocí a Isabel, que regentaba una librería diminuta y tenía opiniones firmes sobre todo. Le recomendé mis propios libros con la discreción de quien ha aprendido que la estadística de ventas no se mueve sola. Conocí a Alejandro, dueño del café, que me reveló que el pueblo tenía grupos de teatro, exposiciones callejeras y un coro infantil dirigido por el ermitaño local, el tal Fray Alfonso, cuyas actuaciones producían lo que Alejandro llamó, eufemísticamente, "enarmonía".

    También vi un cartel convocando el concurso anual de lanzamiento de hueso de aceituna. Decidí que aquello merecía un relato propio.

V. Los misterios de la memoria


    Al caer la tarde, con los recuerdos cada vez más borrosos y una sensación creciente de que el pueblo no me iba a dejar ir sin cobrar algo a cambio, fui en busca de Eduardo.
Lo encontré en la taberna. Me recibió como a alguien a quien estaba esperando, lo cual tampoco ayudó a mis nervios.

"Yago", dijo, con el tono de quien va a explicar algo que en realidad no va a explicar, "has sido tocado por la magia de Villanavales. Es un lugar especial. Aquí los recuerdos se desvanecen para proteger la esencia del encanto."

Lo miré. Él me miró. Perla miraba al suelo con sabiduría.
"Cuando alguien sin vínculos con el pueblo llega aquí", continuó Eduardo, "la conexión es tan intensa que la mente opta por protegerla ocultando los detalles." Hizo una pausa teatral. "Es algo muy hermoso, en realidad".

Yo asentí con la expresión de quien no tiene del todo claro si está hablando con un filósofo o con alguien que debería llamar a un médico. Entonces Eduardo me invitó a quedarme unos días. Y algo en su mirada perdida me convenció de exactamente lo contrario.

VI. Regreso a casa


    Nos despedimos con un abrazo. El jamón viajó en el maletero. Perla viajó en el asiento trasero, mirando por la ventana con el estoicismo de los que saben cosas.

En el camino de vuelta, algo flotaba en mí: una mezcla de nostalgia y alivio que no supe muy bien cómo clasificar. Sabía que había ocurrido algo, aunque no recordaba exactamente qué.

Al llegar a casa coloqué el jamón en la cocina. Me senté ante el escritorio. Busqué los chicles en el bolsillo de la chaqueta. No estaban.

Fue entonces cuando el pensamiento llegó, lento pero certero: ¿y si los chicles tenían algo que ver con los olvidos? ¿Y si Eduardo no era el cómplice de una leyenda, sino su autor? ¿Y si todo aquel teatro del pueblo encantado -las frases enigmáticas, las las pérdidas de memoria, el aura de misterio- era un escenario construido a conciencia por un hombre que pagaba jamones de su propio bolsillo para que los visitantes se fueran con la sensación de haber vivido algo extraordinario?

No era una teoría descabellada. Era, de hecho, la única que encajaba con todo.

VII. Entre líneas


    Escribir sobre Villanavales del Pas resultó ser un ejercicio peculiar: recordar lo que se resiste a ser recordado. Los retazos volvían en desorden, como piezas de un puzle al que alguien le le ha escondido la caja.

    Pero la historia seguía ahí, esperando.

    Me quedo con varias preguntas sin resolver. Por qué Google sigue sin encontrar  el pueblo. Por qué no he sido capaz de volver cuando lo he intentado. Si todo esto ocurrió de verdad o fue producto de un yogur caducado con consecuencias literarias.

El jamón, sin embargo, está en mi cocina. Puedo tocarlo. Puedo olerlo. Es real, rotundo y absolutamente delicioso.

Y si en algún momento tengo dudas sobre el resto, solo tengo que revisar los movimientos de mi tarjeta de crédito.

Ahí, probablemente, está la respuesta.


Continuará...











01 mayo 2026

Sobre la lectura en la adolescencia

     

Si ya es importante la lectura a lo largo del desarrollo de nuestra vida, hay una etapa que es crucial: la adolescencia. Gregorio Luri lo justifica haciendo referencia a ello en una de las páginas de su interesantísimo tratado Sobre el arte de leer, y dice:

"Si hemos de convencer a los adolescentes de la conveniencia de la lectura, solo tenemos un medio: permitirles descubrir sus ventajas. Para ello quizá deberíamos comenzar por preguntarnos qué buscábamos nosotros en los libros cuando éramos adolescentes. No creo faltar a la verdad si digo que buscábamos un suplemento de vida, buenas tramas y personajes con carácter. Buscábamos la vivencia de "de te fabula narratur" (la historia habla de ti); unas imágenes que nos acompañarán cuando el libro ya haya sido cerrado y unas voces que resonarán en nuestra propia vida. Buscábamos afirmar algo de nosotros mismos que solo encontrábamos en la lectura".             [Gregorio Luri. Sobre el arte de leer]. 

    En ese penúltimo párrafo vemos cómo coincide conmigo en esa visión sonora de la palabra escrita tal como sugiero en el título y la introducción de este blog. Él incide en las imágenes que nos sugiere el texto que leemos, tanto durante el acto de leer como una vez cerrado el libro y también en las "voces" que nos recuerdan el mensaje, que podría perdurar a o largo de nuestra vida.



Universidad Laboral de Cheste: Etapa fundacional, 1969-1972 (Javier Chust)





Artículo escrito en 2022 para el libro "La Universidad Laboral de Cheste: Etapa fundacional 1969-1972",
de Javier Chust.



Enlace:     Aquí







Vidas Maestras 2020



Artículo escrito para el libro "Vidas Maestras 2020" de la Consejería de Educación del Gobierno de Cantabria.


Enlace:     Vidas Maestras 2020




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