Primera entrega de las aventuras de Yago y Perla
1. Una llamada inesperada
El teléfono sonó en el momento más inoportuno, como siempre. Yo estaba absorto en mi escritorio -fingiendo escribir, en realidad mirando al techo- cuando el estridente timbre me devolvió al mundo de los vivos.
"¡Felicidades, don Yago! Ha sido el ganador del sorteo de la famosa charcutería El Dorado, de Villanavales del Pas. Le espera el mejor jamón de la tienda." La voz al otro lado era de una alegría casi sospechosa.
Respondí con la cautela propia de quien nunca ha participado en ningún sorteo y, desde luego, nunca ha oído hablar de ningún Villanavales del Pas. Mi escepticismo fue proporcional a mi posterior entusiasmo cuando el muchacho mencionó la palabra jamón por segunda vez.
Consulté en Google. No había rastro del pueblo. Ni una reseña, ni un mapa, ni una foto borrosa de una carretera secundaria. Nada. Lo cual, lejos de disuadirme, avivó una curiosidad que mi perro -perdón, perra Perla- compartió con entusiasmo meneando la cola en cuanto me vio ponerme el abrigo.
El muchacho me había dado las instrucciones de memoria, toda oral, sin código postal ni coordenadas: "Al salir de Bárcena, tome la segunda desviación a la derecha después del roble grande. No el roble mediano, el grande. Luego siga recto hasta que la carretera deje de ser carretera." Me lo apunté en un papel porque, evidentemente, Google no sabía nada de aquel sitio. Nadie lo sabía. Y, sin embargo, allí estaba yo, veinte minutos después de dejar el asfalto, siguiendo un camino de tierra con las indicaciones en el salpicadero y la fe del peregrino.
II. Viaje hacia lo desconocido
El camino fue una sucesión de curvas cerradas entre prados increíblemente verdes. Bonito, sí. Pero tras una hora de serpenteado bucólico yo ya no distinguía el entorno de un cuadro de calendario. Llegué a Villanavales del Pas con el estómago en la nuca.
El pueblo, sin embargo, valió la pena. Atravesado por un río que murmuraban cierta arrogancia, sus calles empedradas y sus casas de piedra parecían haber salido de un cuento -de esos cuentos en los que pasan cosas raras, que son los mejores.
La charcutería de El Dorado tenía fachada pintoresca, cartel de madera con letras doradas y ese olor inconfundible a embutido curado que hace que uno se detenga involuntariamente. Entré. Me recibió un hombre mayor con cara de no haber mentido nunca en su vida, lo cual, paradójicamente, me puso en guardia.
III. El misterio se intensifica
Eduardo -así se llamaba el dueño- me felicitó con la calma de quien entrega premios todos los días, me tendió un jamón de aspecto magnífico y, como propina inesperada, un paquete de chicles artesanos de fresa. Pregunté lo inevitable: cómo había ganado un sorteo en el que no había participado. Eduardo sonrió con esa parsimonia de quien guarda un secreto y lo sabe. "El destino nos juega a veces sus propias cartas", dijo.
Guardé el jamón en el maletero, tomé un chicle -sabor a infancia, a tardes sin hacer nada- y decidí quedarme a explorar. La respuesta de Eduardo me había dejado con más preguntas que respuestas, pero el sol aún estaba muy alto y el pueblo era pequeño. Daba para algunas horas de curiosidad.
Fue durante ese intervalo de tiempo cuando empezó lo raro. Sin haber bebido una gota de vino, noté que los recuerdos recientes se difuminaban con una velocidad inquietante. Dónde había estado cinco minutos antes. Con quién había hablado. Qué había visto. Todo se desvanecía como si alguien tirara de un hilo invisible. A este paso olvidaré hasta mi nombre, pensé. Y luego olvidé que lo había pensado.
IV. Un encuentro inesperado
Esa tarde, Perla me condujo -porque a estas alturas era ella quien llevaba las riendas- hasta un banco en el parque donde una mujer mayor contemplaba el río con la serenidad de quien ya no tiene prisa por nada.
Me senté a su lado. Saqué el paquete de chicles. Le ofrecí uno. Lo rechazó con un gesto suave pero inequívoco, como si supiera algo que yo ignoraba. Entonces me habló del pueblo: sus leyendas, su historia, su fama discreta de lugar donde a los visitantes les ocurrían cosas inexplicables.
Le conté lo de la llamada, lo del jamón, lo de los recuerdos que huían. Ella escuchó sin inmutarse. "A veces, los lugares guardan secretos que sólo pueden ser desvelados por aquellos con el corazón y la mente abiertos", dijo al fin.
Me despedí sin saber qué hacer con esa frase. Otra sentencia críptica. Empezaba a pensar que en Villanavales del Pas había algún tipo de concurso silencioso de ambigüedad.
El resto de la tarde fue más amable. Conocí a Isabel, que regentaba una librería diminuta y tenía opiniones firmes sobre todo. Le recomendé mis propios libros con la discreción de quien ha aprendido que la estadística de ventas no se mueve sola. Conocí a Alejandro, dueño del café, que me reveló que el pueblo tenía grupos de teatro, exposiciones callejeras y un coro infantil dirigido por el ermitaño local, el tal Fray Alfonso, cuyas actuaciones producían lo que Alejandro llamó, eufemísticamente, "enarmonía".
También vi un cartel convocando el concurso anual de lanzamiento de hueso de aceituna. Decidí que aquello merecía un relato propio.
V. Los misterios de la memoria
Al caer la tarde, con los recuerdos cada vez más borrosos y una sensación creciente de que el pueblo no me iba a dejar ir sin cobrar algo a cambio, fui en busca de Eduardo.
Lo encontré en la taberna. Me recibió como a alguien a quien estaba esperando, lo cual tampoco ayudó a mis nervios.
"Yago", dijo, con el tono de quien va a explicar algo que en realidad no va a explicar, "has sido tocado por la magia de Villanavales. Es un lugar especial. Aquí los recuerdos se desvanecen para proteger la esencia del encanto."
Lo miré. Él me miró. Perla miraba al suelo con sabiduría.
"Cuando alguien sin vínculos con el pueblo llega aquí", continuó Eduardo, "la conexión es tan intensa que la mente opta por protegerla ocultando los detalles." Hizo una pausa teatral. "Es algo muy hermoso, en realidad".
Yo asentí con la expresión de quien no tiene del todo claro si está hablando con un filósofo o con alguien que debería llamar a un médico. Entonces Eduardo me invitó a quedarme unos días. Y algo en su mirada perdida me convenció de exactamente lo contrario.
VI. Regreso a casa
Nos despedimos con un abrazo. El jamón viajó en el maletero. Perla viajó en el asiento trasero, mirando por la ventana con el estoicismo de los que saben cosas.
En el camino de vuelta, algo flotaba en mí: una mezcla de nostalgia y alivio que no supe muy bien cómo clasificar. Sabía que había ocurrido algo, aunque no recordaba exactamente qué.
Al llegar a casa coloqué el jamón en la cocina. Me senté ante el escritorio. Busqué los chicles en el bolsillo de la chaqueta. No estaban.
Fue entonces cuando el pensamiento llegó, lento pero certero: ¿y si los chicles tenían algo que ver con los olvidos? ¿Y si Eduardo no era el cómplice de una leyenda, sino su autor? ¿Y si todo aquel teatro del pueblo encantado -las frases enigmáticas, las las pérdidas de memoria, el aura de misterio- era un escenario construido a conciencia por un hombre que pagaba jamones de su propio bolsillo para que los visitantes se fueran con la sensación de haber vivido algo extraordinario?
No era una teoría descabellada. Era, de hecho, la única que encajaba con todo.
VII. Entre líneas
Escribir sobre Villanavales del Pas resultó ser un ejercicio peculiar: recordar lo que se resiste a ser recordado. Los retazos volvían en desorden, como piezas de un puzle al que alguien le le ha escondido la caja.
Pero la historia seguía ahí, esperando.
Me quedo con varias preguntas sin resolver. Por qué Google sigue sin encontrar el pueblo. Por qué no he sido capaz de volver cuando lo he intentado. Si todo esto ocurrió de verdad o fue producto de un yogur caducado con consecuencias literarias.
El jamón, sin embargo, está en mi cocina. Puedo tocarlo. Puedo olerlo. Es real, rotundo y absolutamente delicioso.
Y si en algún momento tengo dudas sobre el resto, solo tengo que revisar los movimientos de mi tarjeta de crédito.
Ahí, probablemente, está la respuesta.
Continuará...

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