20 mayo 2026

El Premio de Fontecabrera

 

Segunda entrega de las aventuras de Yago y Perla


I. El sobre

  Llegó un martes, que ya es mala señal. Los martes no traen nada bueno: ni correo, ni llamadas, ni ideas. Solo facturas y ese silencio particular de mitad de semana que huele a semana que no acaba.



 El sobre era de papel manila, grueso, con mi nombre escrito a mano con una caligrafía que parecía de otro siglo. Sin remitente. Matasellos de un pueblo llamado Fontecabrera del Nansa, que tampoco apareció en Google —a estas alturas ya no me sorprende— y un lacre rojo en el dorso con la forma de un libro abierto.

Dentro, una carta. Breve, ceremoniosa y completamente desconcertante:

"Estimado don Yago: nos complace comunicarle que ha sido seleccionado finalista del IX Premio Literario Villa de Fontecabrera, dotado con un jamón ibérico de bellota y mención honorífica en el boletín parroquial. La entrega del galardón tendrá lugar el próximo sábado. Su presencia es imprescindible. Adjuntamos indicaciones para llegar."

Las indicaciones eran a mano, en el reverso. Empezaban con "cruce el puente de piedra pequeño, no el grande" y terminaban con "si llega al molino, se ha pasado".

Perla olisqueó el sobre con interés profesional. Yo busqué en Google "Premio Literario Villa de Fontecabrera". Nada. Busqué "Fontecabrera del Nansa". Nada. Busqué "jamón ibérico concurso literario" y me salieron tres recetas y un foro de cazadores.

El sábado me puse el abrigo.

II. El camino

    Las indicaciones del sobre resultaron ser, contra todo pronóstico, correctas. El puente de piedra pequeño, a unos cinco kilómetros de Celis, en cuyas inmediaciones encontramos la cueva de El Soplao, estaba donde decían. El molino también. Incluso la curva "en forma de ese, pero torcida" que mencionaban en el punto cuatro tenía cierta coherencia una vez que uno aceptaba que estaba conduciendo dentro de una instrucción escrita por alguien del siglo XIX.

Fontecabrera del Nansa apareció al doblar un recodo entre castaños, sin avisar, como si el pueblo hubiera estado esperando ahí toda la mañana con los brazos cruzados. Casas de piedra, una iglesia con el reloj parado a las tres, una plaza con una fuente que no manaba agua pero lo intentaba, y un cartel de madera en la entrada que decía: «Bienvenido al pueblo más literario de Cantabria».

Debajo, en letra más pequeña y con distinto autor: «según nosotros».

    Perla bajó del coche y olió el aire con esa expresión suya de quien confirma una sospecha.

III. Los finalistas

    El acto de entrega del premio tenía lugar en el salón del ayuntamiento, que era también la biblioteca, el archivo municipal y, según supe después, el lugar donde don Aurelio —el alcalde— echaba la siesta los jueves. Una sala de techos bajos, sillas de plástico apilables y un retrato al óleo de alguien que nadie supo identificarme con certeza.

    Había otros dos finalistas.

Valentina, jubilada de correos, que llevaba veinte años escribiendo una novela sobre la vida de su tía segunda y que ese año había presentado el capítulo diecisiete. "Es una obra en progreso", explicó con dignidad. "El arte no tiene prisa."

Y Heliodoro, ganadero, que había presentado un poema de cuatro versos sobre una vaca llamada Trini. El poema se titulaba, sin rodeos, «Trini». Me lo recitó entero antes de que yo pudiera evitarlo. Era mejor de lo que esperaba, lo cual me preocupó.

Ninguno de los dos sabía tampoco cómo habían llegado a ser finalistas. Valentina recordaba vagamente haber rellenado algo en una feria del libro de hace tres años. Heliodoro no recordaba nada, pero tampoco parecía importarle.

Yo no recordaba absolutamente nada. Como de costumbre.

IV. El jurado

    El jurado estaba compuesto por tres personas: la bibliotecaria —que era también la secretaria del ayuntamiento y la encargada de la farmacia los miércoles—, el cura, que había leído muy poco pero tenía criterio firme, y una mujer llamada Dolores que nadie terminó de explicarme en calidad de qué estaba allí pero que tomaba notas con gran seriedad.

    La deliberación duró cuarenta minutos. Perla y yo esperamos en la plaza, donde un hombre mayor jugaba al ajedrez solo, moviendo piezas de ambos lados con la concentración de quien arbitra un conflicto interno muy antiguo.

Le pregunté si el concurso era cosa habitual.

"Desde el noventa y cuatro", dijo, sin levantar los ojos del tablero. "Aunque los tres primeros años no se presentó nadie."

"¿Y el premio siempre es un jamón?"

"El jamón lo pone don Evaristo, el del ultramarinos. Es su manera de participar en la cultura." Movió un alfil. "Él dice que la literatura alimenta el alma. El jamón alimenta lo demás."

No pude rebatirlo.

V. La entrega

    Gané yo.

    El jurado comunicó su decisión con una sobriedad que contrastaba con el tamaño del premio. La bibliotecaria leyó un acta. El cura aplaudió primero. Dolores siguió tomando notas.

El jamón era espléndido. Más que el de El Dorado, aunque esto no lo dije en voz alta por respeto a Eduardo y a sus chicles, que seguían siendo un asunto sin resolver en algún rincón de mi memoria.

Valentina me felicitó con elegancia. Heliodoro me dio la mano y dijo que el año que viene presentaría algo sobre otra vaca, la Rosario, que tenía más matices. Lo dijo con la convicción de quien ya sabe que ganará.

Don Aurelio me entregó también la mención en el boletín parroquial. Era media columna, entre los avisos de misa y una nota sobre el arreglo del tejado de la ermita. Mi nombre estaba bien escrito, lo cual, en el contexto general, se agradecía.

VI. La pregunta de siempre

    Antes de irme busqué a don Aurelio para hacerle la pregunta que llevaba todo el día aplazando: cómo habían llegado a mí, qué obra mía habían leído, quién me había inscrito.

El alcalde frunció el ceño con expresión reflexiva, como si la pregunta fuera legítima pero la respuesta no.

"Bueno", dijo al fin, "nosotros recibimos su nombre de una fuente de confianza."

- "¿Qué fuente?"

- "Confidencial."

- "¿Han leído algo mío?"

Una pausa. "Tenemos referencias muy favorables."

- "¿De quién?"

Sonrió. Era la misma sonrisa de Eduardo. Amplia, cálida, hermética. La sonrisa de quien sabe algo que no va a contar porque contarlo arruinaría la gracia.

Perla tiró de la correa hacia el coche. Cuando Perla tira, conviene hacer caso.

VII. De vuelta al escritorio

    En el camino de regreso, con el segundo jamón en el maletero y la mención parroquial doblada en el bolsillo, intenté atar cabos.

Dos pueblos que no existen en Google. Dos premios a los que no recordaba haberme presentado. Dos sonrisas idénticas de dos hombres distintos que sabían más de lo que decían. Y dos jamones que, a estas alturas, empezaban a conformar lo que cualquier observador objetivo llamaría una pauta.

Alguien me conocía. Alguien sabía dónde vivía, cómo me llamaba y que era incapaz de resistirme a una convocatoria absurda en un pueblo sin mapa. Alguien con acceso a charcuterías y jurados literarios de localidades que Google ignora olímpicamente.

Había una explicación lógica. Estaba seguro de ello.

Todavía no sé cuál es.

    Perla se durmió antes de salir de la provincia. Yo conduje en silencio, con la ventanilla entreabierta y el olor a castaño entrando por la rendija, pensando que el mundo rural esconde más misterios de los que la gente de ciudad imagina. Y que a veces esos misterios vienen acompañados de embutido de primera calidad, lo cual, bien mirado, no está nada mal.


Continuará... 




No hay comentarios:

Publicar un comentario

Entradas populares